Aventura exprés en Botswana y las Cataratas Victoria.

“EL TIEMPO EN SÍ NO EXISTE. EL TIEMPO ES LO QUE TU QUIERAS QUE SEA TU TIEMPO”.

Un “botswanés” harto de cerveza.

BOTSWANA

Hoy quisiera contaros una parte de la aventura de mis últimas vacaciones en Noviembre de 2016. Una aventura semi improvisada que nos llevó a Alquilar un 4×4 camperizado desde Sudáfrica para cruzar Botswana hasta Zimbabwe y ver las Cataratas Victoria… en 6 días. Sin duda, una magnífica locura.

Como ya comenté en el post sobre Estocolmo, no pretendo hacer una guía de viaje. La intención con mis posts sobre viajes es mostrar una visión particular de ellos, un relato. (La experiencia de cada uno es distinta obviamente, sin embargo, si alguien tiene alguna pregunta en particular sobre el viaje, no dudéis en preguntar y os responderé encantada.) 

Si queréis información detallada sobre Botswana, cruzar las fronteras, etc. En el blog “Diario de a bordo”, Isabel y Xavier lo explican muy bien. Dicho esto… ¡vamos allá!

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Arriba: puesto de venta de comida callejero. Abajo: carros de burros y advertencias sobre animales salvajes en la carretera del trayecto de Nata a Kasane.

El trayecto de nuestro viaje transcurrió desde Johannesburgo (Sudáfrica) hasta Kasane, última población de Botswana que hace frontera con Zimbabwe, Zambia y Namibia, para ver las Cataratas Victoria.

No voy a entrar en explicaciones sobre la primera parte del trayecto en Sudáfrica (desde el aeropuerto de Johannesburgo hasta la frontera de Gobler’s Bridge) pero sí que quisiera comentar dos diferencias notables entre los dos países. Hablo de la sensación de seguridad y de sus gentes.

Botswana es un país seguro. Por lo menos eso es lo que nos pareció. Sus habitantes te miran  divertidos al pasar y sonríen. Siempre. Saludan con la mano, alegres y se toman su tiempo, si les apetece, para preguntarte de dónde vienes y a dónde vas. Te gastan bromas, se distraen colocando el sello de tu pasaporte en el lugar que más les guste… después de haber sellado 5 veces otro papel porque la tonalidad de la tinta no les acababa de gustar. Son muy estrictos con la velocidad en sus carreteras. Les encanta el fútbol y aquel que tiene la fortuna de poseer un televisor o un coche es el rey de la sabana.

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Arriba: hormiguero, tan alto como un bungalow. Abajo: casas y huesos de elefante.

Tal y como uno se puede imaginar de África, una vez se entra en el país el tiempo en sí desaparece. La vida transcurre al mismo tiempo que el ciclo solar, la climatología y las apetencias individuales. Lo que para nosotros es una hora para ellos pueden ser tres… que les parecen una, ¿y qué más da? para qué correr si el sol volverá a salir mañana, o con suerte, llegará la lluvia.

Imagino que, precisamente por ese motivo, sus habitantes son felices. A nosotros, que venimos de las grandes urbes europeas con miles de facilidades, que lo tenemos todo al alcance de un “click”, que deseamos cosas que queremos YA y nos aburrimos con minutos de inactividad que ocupamos con los teléfonos móviles… nos impacta esa actitud alegre con la vida. Egoístamente pensamos, “¿cómo pueden ser felices si no tienen nada?”. Menudo error, porque en realidad, tienen la base de su todo. Supongo que eso es lo que fascina de África. La esencia primitiva del ser humano, de la naturaleza, de la vida.

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Animales desde la carretera de Nata a Kasane.

Lo sorprendente es que, a pesar de no tener agua corriente ni electricidad en la mayor parte de sus casas, fabricadas con lo que han podido, las telecomunicaciones se han implantado igual que en el resto del mundo y tienen teléfonos móviles por los que caminan largas distancias para recargarles la batería.

Caminan mucho, muchísimo, pero si se cansan, siempre tienen alguna sombra bajo un baobab en la que echarse a dormir. Siempre que no estén ya ocupadas por las vacas, las cabras o los burros, que campan a sus anchas por doquier a millares.

Sin embargo, la gran belleza de Botswana se impone una vez llegas a Nata. La carretera que lleva hasta Kasane es un safari abierto. Los laterales dejan de estar cercados, los animales “domésticos” desaparecen y ya no hay caminantes que duermen siestas en los arcenes. Un safari sin entrada y a coste cero que te llena la boca de “Ooos” y “Aaaas”. Elefantes, jirafas, impalas, avestruces, cebras… totalmente salvajes, majestuosos e impresionantes, cruzando de un lado a otro de la carretera. La clave para ver éste espectáculo en todo su esplendor reside viajar a las horas en que el sol sale o se esconde, ya que el calor sofocante e insoportable aprieta menos y los animales salen de su letargo para ir en busca de agua.

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Arriba: Elefantes bebiendo de la charca del camping. Abajo: parcela de camping y nuestro alojamiento.

Nos alojamos en el Senyati Safari Camp (fotos arriba y abajo). Lo menciono porque lo recomiendo totalmente como alojamiento entre Nata y Kasane. Las parcelas son amplias, y cada una tiene su cocina techada, electricidad, barbacoa, baño y ducha privados. Lo mejor es que tienen un estanque con una bomba de agua fresca y en época de sequía, al atardecer, los animales acuden en tropel a saciar su sed. Elefantes, jirafas, hienas, bisontes, monos… Nosotros hemos llegado a estar cenando con un Elefante a menos de 50 metros, pequeño claro.

Los monos, concretamente los denominados Baboons y asíduos del camping, son unos ladrones profesionales que han aprendido a abrir las puertas de los coches e, incluso, estropear las bombas de agua del estanque para que los propietarios se alejen de las zonas de comida para arreglarla. Alucinante. Eso sí, no contrateis ninguna excursión con ellos a no ser que queráis correr auténticas aventuras inciertas. Ahora os cuento alguna…

Nota: El 4×4 lo alquilamos en Sudáfrica, por si alguien está interesado, la empresa se llamaba “4×4 South Africa” y NO LA RECOMIENDO EN ABSOLUTO. Todavía estoy reclamando un dinero que cobraron que no debían… unos timadores de cuidado.

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Vistas desde el bar del Senyati Safari Camp.

Aventura 1: De safari por el río Chobe.

Uno no disfruta de la auténtica aventura africana si no sale de los viajes organizados dónde se va acompañado de otras personas, igualmente turistas, y un guía africano collado por otro extranjero afincado en la zona que lo controla con llamadas cada 15 minutos.

Con el fin de ahorrarnos un dinero y aprovechar los pocos días disponibles, contratamos en el camping un safari en barco por el río Chobe, que hace de frontera entre Botswana y Namibia. Cuando llegamos, vimos las embarcaciones de turistas, grandes y dignas, navegando tranquilas por los grandes caudales del río.

Nuestro barco, en cambio, era una barquita con sillas de plástico pegadas a su base y con un hombre borracho que decía que era el dueño de la misma y que iba a tardar un rato en zarpar ya que, debido a su estado, otro debería ocupar su lugar y timonear la barca. Ese hombre, pese a su estado de embriaguez, fue el autor de la frase que encabeza éste post. Divagando sobre el tiempo y las diferencias conductuales de la cultura africana y la europea, el tiempo de espera pasó muy ameno. Sin duda, uno de las personas más interesantes con las que hablé en las vacaciones… no se si el hombre, en sobriedad, divagaría igual…

Nos trajeron agua para combatir los 45º de temperatura y zarpamos para iniciar el safari.

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Arriba: Barquitas de safari. Abajo: imagen del guía sosteniendo el toldo para que no volase.

Ver el atardecer en la sabana africana es ver un festival de colores que se tiñen de una luz cobriza majestuosa. Los animales se reúnen en grupos en torno al agua en una especie de tregua por necesidad. Algunos de ellos retozan placenteramente en ella, como los hipopótamos. Miles jirafas, cocodrilos, monos, bisontes, cebras, antílopes, ciervos… salen al bajar la intensidad del sol.

Mirando ese espectáculo al borde de una insolación, de repente el cielo ennegreció. La cara del guía palideció, sin nosotros saberlo, él si sabía que se avecinaba una tormenta de aquellas que preceden a la época de lluvias, cortas pero intensas.

Nuestro guía quiso regresar a tierra firme pero la barquita no tenía la potencia de motor para combatir el vendaval que se había levantado. Acercó la misma a una isleta. Uno de los pasajeros, habituado a sucesos parecidos, bajó a tierra y cogió la cuerda que tenía la embarcación en proa. Se sacó un cigarrillo del bolsillo y empezó a fumar mientras nos sujetaba…

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Río Chobe. Abajo, puesto de pago de las tasas de acceso al parque natural.

Entonces empezó a diluviar. El motor de la barca había dejado de funcionar. El viento arreciaba contra ella sin parar de moverse bruscamente. El guía aguantaba el techo para que éste no volase. Y, mientras tanto, aquel hombre fumaba sosteniendo la barca de la cuerda con una sola mano, mientras una manada de bisontes pastaba tranquilamente a pocos metros de él, bueno… de nosotros. El escenario era insólito. Empapada y bamboleada en una embarcación cochambrosa, no podía evitar pensar que, a pesar de la inseguridad y la posibilidad de terminar nadando en el río, ese momento no estaba pagado. Era auténtico.

Por fortuna el temporal pasó, el motor funcionó, el hombre termino su cigarrillo y todos nos marchamos de vuelta a tierra firme sanos y salvos, con una buena historia que contar. Moraleja del hombre que fuma: ante las adversidades, calma y sentarse a esperar que pasen.

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Aventura 2: Zimbabwe y el chofer ausente.

Nuestra breve incursión en Zimbabwe para ver las cataratas Victoria fue un poco decepcionante. El acceso al pequeño parque para admirar las cataratas es caro y el recorrido se hace en unos 30 minutos a paso de caracol. Nosotros lo alargamos sentándonos un rato a admirar la majestuosidad de las cascadas (en época de sequía, como veis, cae muy poca agua). Fuera del recinto turístico no hay nada. Hay un restaurante y un hotel, al que se accede por unos caminos llenos de “acompañantes desesperados” que incluso te piden que les des tus zapatos porque les gustan (y que posteriormente intentan vender en mercadillos). Te “acompañan” intentando venderte figuras falsamente artesanales, cambiarte billetes de su país que no valen absolutamente nada y dándote conversación. La conversación, como siempre, es interesante desde el punto de vista del viajero… la desesperación, obviamente, no.

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Cabe decir que la excursión a las Victoria Falls también la contratamos en el camping y que no careció de la aventura pertinente. En éste caso, a parte de los deseados zapatos de mi pareja, el guía que debía recogernos tardó más de 2 horas de la hora acordada en volver. El camping, que debido a su “autenticidad” carece de una conexión de telecomunicaciones como debería, era imposible de contactar.

Durante 2 horas estuvimos “abandonados” a nuestra suerte en Zimbabwe sin saber cómo regresar a nuestro camping y teniendo que partir temprano al día siguiente de vuelta Sudáfrica. Afortunadamente, en el Hotel Victoria Falls, su personal fue magnífico y nos ayudó absolutamente en todo lo que pudieron a pesar de no estar alojados allí. Qué razón tenía una chica del personal cuando le conté nuestra historia y nos dijo: “Es típico de los hombres de éste país, seguro que está en el pueblo dando vueltas y cuando se acuerde o le apetezca, vendrá”. Así fue, dos horas más tarde apareció y condujo a toda prisa de vuelta a Botswana recogiendo gente por el camino para ganarse un dinero extra.

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Elefantes (y Avestruz abajo) en la carretera de Nata a Kasane. 

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Fue una incursión rápida que bien habría podido disfrutarse más días. Una aventura intensa y llena de belleza salvaje. Sin duda, merece la pena visitar Botswana. ¿Vosotros qué opináis? ¿Habéis visitado el país? Contadme vuestra experiencia.

 

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